“Le ruego que me disculpe —interpone el padre del hijo del señor Rouncewell—. Sir Leicester, ¿me permite? Creo que puedo abreviar el asunto. Le ruego que descarte eso de sus consideraciones. Si recuerda algo tan poco importante —lo cual no es de esperar—, recordará que mi primer pensamiento en el asunto era totalmente opuesto a que ella permaneciera aquí”.
¿Descartar el patrocinio de los Dedlock? ¡Oh! Sir Leicester está obligado a creer en un par de orejas que le han sido transmitidas a través de semejante familia, o de verdad habría podido desconfiar de lo que le informaron acerca de las observaciones del caballero de hierro.
—No es necesario —observa mi señora de la forma más gélida antes de que él pueda hacer otra cosa que respirar con asombro—, entrar en estos asuntos por ninguna de las dos partes. La muchacha es muy buena muchacha; no tengo absolutamente nada que reprocharle, pero es tan insensible a sus numerosas ventajas y a su buena fortuna que está enamorada —o se lo figura, pobre infeliz— y es incapaz de valorarlas.
Sir Leicester ruega hacer notar que eso cambia totalmente el caso. Podía estar seguro de que mi Lady tenía los mejores fundamentos y razones en apoyo de su postura. Está totalmente de acuerdo con mi Lady. Más le vale a la joven marcharse.
—Como observó sir Leicester, señor Rouncewell, en la última ocasión en que este asunto nos fatigó —prosigue lady Dedlock lánguidamente—, no podemos establecer condiciones con usted. Sin condiciones, y dadas las circunstancias actuales, la muchacha está completamente fuera de lugar aquí y es mejor que se marche. Se lo he dicho. ¿Desearía que la mandasen de vuelta al pueblo, o preferiría llevársela con usted, o qué prefiere?
“Lady Dedlock, si puedo hablar con franqueza—”
“Por supuesto.”