Jo, así apostrofado, da un traspié hacia atrás, otro hacia adelante y otro hacia cada lado, y planta cara al elocuente Chadband con evidentes dudas sobre sus intenciones.
—Mi joven amigo —dice Chadband—, tú eres para nosotros una perla, tú eres para nosotros un diamante, tú eres para nosotros una gema, tú eres para nosotros una joya. ¿Y por qué, mi joven amigo?
—No lo sé —responde Jo—. No sé ná de ná.
—Mi joven amigo —dice Chadband—, es porque no sabes nada por lo que eres para nosotros una gema y una joya. Pues, ¿qué eres tú, mi joven amigo? ¿Eres una bestia del campo? No. ¿Un ave del aire? No. ¿Un pez del mar o del río? No. Eres un muchacho humano, mi joven amigo. Un muchacho humano. ¡Oh, qué glorioso es ser un muchacho humano! ¿Y por qué es glorioso, mi joven amigo? Porque eres capaz de recibir las lecciones de la sabiduría, porque eres capaz de aprovechar este discurso que ahora pronuncio para tu bien, porque no eres una estaca, ni un bastón, ni un tronco, ni una piedra, ni un poste, ni un pilar.
¡Oh, caudaloso arroyo de chispeante alegría de ser un altísimo muchacho humano!
¿Y te refrescas en ese arroyo ahora, joven amigo? No. ¿Por qué no te refrescas en ese arroyo ahora? Porque estás en un estado de oscuridad, porque estás en un estado de penumbra, porque estás en un estado de pecado, porque estás en un estado de esclavitud. Joven amigo, ¿qué es la esclavitud? Investigémolo en un espíritu de amor.
En esta amenazadora fase de la conversación, Jo, que parece haber estado perdiendo la cabeza gradualmente, se pasa el brazo derecho por la cara y da un bostezo terrible. La señora Snagsby expresa con indignación su creencia de que es un miembro del archidemonio.