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nydus/Bleak HousePublic
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LX

Tan abierto como fui con el señor Jarndyce lo soy con usted. Considero que es un deber profesional ser así, aunque no pueda cobrarse a nadie. Digo abiertamente, por desagradable que pueda resultar, que considero que los asuntos del señor C. van muy mal, que considero que el señor C. mismo va muy mal, y que considero que este matrimonio es sumamente desacertado. ¿Estoy aquí, señor? Sí, se lo agradezco; estoy aquí, señor C., y disfrutando del placer de una amena conversación con la señorita Summerson, por la cual tengo que agradecerle mucho, ¡señor!

Interrumpió de este modo su respuesta a Richard, quien le dirigió la palabra al entrar en la habitación. Para entonces yo comprendía demasiado bien la escrupulosa manera que tenía el señor Vholes de ponerse a salvo a sí mismo y a su respetabilidad como para no darme cuenta de que nuestros peores temores no hacían sino marchar al mismo ritmo que los progresos de su cliente.

Nos sentamos a cenar, y tuve la oportunidad de observar a Richard con ansiedad.

No me molestó el señor Vholes (que se quitó los guantes para cenar), aunque se sentó enfrente de mí en la pequeña mesa, pues dudo que, al levantar la vista, apartara ni una sola vez los ojos del rostro de su anfitrión.

Encontré a Richard delgado y lánguido, desaliñado en el vestir, abstraído en sus maneras, forzando el ánimo de vez en cuando y recayendo en otros momentos en un sombrío ensimismamiento.

Alrededor de sus ojos grandes y brillantes, que solían ser tan alegres, había una palidez y una inquietud que los transformaban por completo.

No puedo usar la expresión de que parecía viejo. Hay una ruina de la juventud que no se parece a la vejez, y en semejante ruina habían decaído la juventud y la juvenil belleza de Richard.

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