del ratón.
Por último, el cliente, estrechándole la mano, implora al señor Vholes que, por el amor de Dios y de la tierra, haga todo lo posible por «sacarlo a flote» del Tribunal de la Cancillería.
El señor Vholes, que nunca da esperanzas, apoya la palma de la mano sobre el hombro del cliente y responde con una sonrisa: «Siempre aquí, caballero. En persona o por carta, siempre me encontrará aquí, caballero, con el hombro en la rueda».
Así se separan, y Vholes, devuelto a la soledad, se dedica a pasar diversos pequeños asuntos de su agenda al borrador de su libro de cuentas para el beneficio último de sus tres hijas.
Así podría un zorro o un oso industrioso hacer sus cuentas de pollos o viajeros extraviados pensando en sus cachorros, sin desmerecer con esa palabra a las tres doncellas de rostros avinados, delgadas y abotonadas que viven con el patriarca Vholes en una casita de aspecto terroso situada en un jardín húmedo en Kennington.