—Lo acepto con muchísimas gracias —respondió el soldado.
—¿Verdad que sí, de veras? —dijo la señora Bagnet, continuando con su buen humor y sus regaños—. Me sorprende de veras. Me extraña que no te mueras de hambre a tu manera también. Sería muy propio de ti. Tal vez te dé por hacer eso a continuación.
Aquí volvió a mirarme, y ahora advertí por sus miradas alternativas a la puerta y a mí que deseaba que nos retiráramos y aguardáramos a que los siguiéramos fuera de la prisión. Comunicándoselo por medios similares a mi tutor y al señor Woodcourt, me levanté.
—Esperamos que lo medite mejor, señor George —le dije—, y vendremos a verle de nuevo con la confianza de encontrarle más razonable.
—Más agradecida, señorita Summerson, no puede encontrarme —replicó él.
—Pero creo que podemos ser más persuasivos —dije—.