lugares inesperados, con ventanas de celosía y vegetación asomando a través de ellas. La mía, a la que entramos primero, era de este tipo, con un techo irregular que tenía más esquinas de las que jamás llegué a contar después y una chimenea (había fuego de leña en el hogar) rodeada por un suelo de azulejos de blancura pura, en cada uno de los cuales ardía una brillante miniatura del fuego.
Saliendo de esta habitación, se bajaban dos escalones hacia una salita encantadora con vistas a un jardín de flores, habitación que en adelante nos pertenecería a Ada y a mí.
Saliendo de esta se subían tres escalones hasta el dormitorio de Ada, que tenía una hermosa ventana ancha con una vista preciosa (alcanzábamos a ver una gran extensión de oscuridad bajo las estrellas), junto a la cual había un asiento empotrado en el hueco de la ventana en el que, con un pestillo de resorte, tres queridas Adas se habrían podido perder a la vez.
Desde esta habitación se pasaba a una pequeña galería con la que comunicaban las otras habitaciones principales (tan solo dos), y de este modo, bajando por una escalerilla de peldaños poco profundos y con bastantes escalones angulares para lo corta que era, se llegaba al vestíbulo.
Pero si en lugar de salir por la puerta de Ada volvías a mi cuarto, salías por la puerta por la que habías entrado en él, y subías unos cuantos peldaños torcidos que se desviaban de manera inesperada de la escalera, te perdías en pasillos con planchadoras de rodillos, mesas triangulares y una silla hindú nativa que era también un sofá, una caja y una cama, y que parecía en todas