refiriéndose a Sir Leicester con inefable desdén. > “¡Eh! ¡Oh, entonces míralo! ¡El pobre infante! ¡Ja! ¡Ja!
—Vamos, vamos, esto es peor parlamentar que lo otro —dice el señor Bucket—. ¡Venga!
“¿No puedes hacer estas cosas? Entonces puedes hacer lo que quieras conmigo. No es más que la muerte, da todo lo mismo. Vámonos, ángel mío. ¡Adiós, viejo de canas. Me das lástima y te des-precio!”
Con estas últimas palabras hace rechinar los dientes como si su boca se cerrara mediante un resorte. Es imposible describir cómo el señor Bucket la saca, pero logra esa hazaña de una manera tan suya, envolviéndola y compenetrándola como una nube, y alejándose flotando con ella como si fuera un Júpiter casero y ella el objeto de sus afectos.
Sir Leicester, solo, permanece en la misma actitud, como si aún estuviera escuchando y su atención siguiera ocupada.