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nydus/Bleak HousePublic
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El relato de Esther

A petición de Caddy, asumí la dirección suprema de su apartamento, lo arreglé y la llevé, con sofá y todo, a un rincón más luminoso, aireado y alegre que el que había ocupado hasta entonces; luego, todos los días, cuando íbamos vestidos con nuestra mayor pulcritud, solía poner a mi pequeñísima tocaya en sus brazos y me sentaba a charlar, a coser o a leerle.

Fue en uno de los primeros de aquellos tranquilos momentos cuando le hablé a Caddy de Bleak House.

Tuvimos otras visitas además de Ada.

Primero que nada tuvimos a Prince, quien en sus apresurados ratos libres de dar clases solía entrar quedo y sentarse quedo, con un rostro de amorosa inquietud por Caddy y la niña pequeñísima.

Cualquiera que fuese el verdadero estado de Caddy, ella jamás dejaba de asegurarle a Prince que estaba casi del todo bien; lo cual yo, que Dios me perdone, jamás dejaba de confirmar.

Esto ponía a Prince de tan buen humor que a veces sacaba el estuche del bolsillo y tocaba uno que otro acorde para asombrar al bebé, cosa que jamás supe que lograra en lo más mínimo, pues mi tocayita diminuta no le prestaba atención alguna.

Luego estaba la señora Jellyby. Venía de vez en cuando, con su habitual aire distraído, y se sentaba plácidamente a mirar más allá de su nieto, como si su atención estuviera absorbida por un joven borrioboolano en sus costas natales. Con los ojos tan brillantes como siempre, tan serena y tan desaliñada, solía decir: «Bien, Caddy, hija mía, ¿y cómo estás hoy?».

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