que sea movida a emitir algún gruñido, gemido, suspiro u otra expresión audible de agitación interior ocasional, expresión de agitación interior que, al ser secundada por alguna anciana en el banco contiguo y comunicada así como en un juego de prendas a través de un círculo de los pecadores más fermentables presentes, cumple el propósito de las aclamaciones parlamentarias y enciende los ánimos del señor Chadband. Por pura fuerza de costumbre, el señor Chadband, al decir «¡Mis amigos!», ha posado su mirada en el señor Snagsby y procede a convertir a ese desventurado librero, ya de por sí bastante confuso, en el destinatario inmediato de su discurso.
—Tenemos aquí entre nosotros, amigos míos —dice Chadband—, a un gentil y a un pagano, a un habitante de las tiendas de Tom-all-Alone’s y a un errante sobre la superficie de la tierra. Tenemos aquí entre nosotros, amigos míos —y el señor Chadband, desatando el nudo con su sucia uña, dedica una sonrisa untuosa al señor Snagsby,