agudiza cuando lo hace mi afecto. Mi disposición es muy afectuosa, y tal vez todavía sentiría semejante herida si semejante herida pudiera recibirse más de una vez con la agudeza de aquel día de cumpleaños.
La cena había terminado, y mi madrina y yo estábamos sentadas a la mesa frente al fuego. El reloj hacía tic-tac, el fuego crepitaba; no se había oído ningún otro sonido en la habitación ni en la casa en no sé cuánto tiempo. Por casualidad levanté la vista tímidamente de mi labor, miré a mi madrina al otro lado de la mesa y vi en su rostro, que me miraba con sombría expresión: «¡Habría sido mucho mejor, pequeña Esther, que no hubieras tenido cumpleaños, que no hubieras nacido jamás!».
Me puse a llorar a lágrima viva, sollozando, y le dije:
«Oh, querida madrina, dime, te lo ruego, dime, ¿murió mamá el día de mi cumpleaños?»
—No —replicó ella—. ¡No me preguntes más, hija!
«¡Oh, te suplico que me hables un poco de ella! ¡Hazlo ya, por fin, querida madrina, por favor! ¿Qué le hice? ¿Cómo la perdí? ¿Por qué soy tan diferente de los demás niños, y por qué es culpa mía, querida madrina? No, no, no, no te vayas. ¡Oh, háblame!»
Estaba en una especie de pánico más allá de mi dolor, y la asi del vestido y me arrodillaba ante ella. Ella había estado diciendo todo el tiempo: «¡Déjame ir!». Pero ahora se quedó quieta.
Su rostro oscurecido ejercía tal poder sobre mí que me detuvo en medio de mi vehemencia. Alcé mi pequeña y temblorosa mano para tomar la suya o pedirle perdón con toda la sinceridad de que fui capaz, pero