Kenge—; —que la señora Rachael se haga cargo de vuestro mantenimiento y sustento (os ruego que no os atribuléis), os halla en situación de recibir la renovación de una oferta que se me instruyó hacer a la señorita Barbary hace unos dos años y que, aunque rechazada entonces, se entendió que era renovable dadas las lamentables circunstancias que han ocurrido desde entones. Ahora bien, si confieso que represento, en Jarndyce y Jarndyce y de otro modo, a un hombre sumamente humano, pero al mismo tiempo singular, ¿me comprometeré yo mismo excediendo en lo más mínimo mi cautela profesional? —dijo el señor Kenge, volviéndose a recostar en su silla y mirándonos a ambos con calma.
Parecía disfrutar por encima de todo del sonido de su propia voz. No podía extrañarme, pues era meliflua y llena, y confería una gran importancia a