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XXXIX. Abogado y Cliente

Pero al no percibir esto con total claridad —al verlo tan solo a medias y de forma confusa—, los laicos a veces sufren en paz y en silencio, de mala gana, y se quejan muchísimo.

Entonces esta respetabilidad del señor Vholes se pone en juego con gran fuerza contra ellos.

«¿Derogar este estatuto, mi buen señor? —dice el señor Kenge a un cliente dolorido—. ¿Derogarlo, mi querido señor? Jamás, con mi consentimiento. Alterar esta ley, señor, y ¿cuál será el efecto de su temerario procedimiento sobre una clase de profesionales muy dignamente representada, permítame decirle, por el abogado de la parte contraria en el caso, el señor Vholes? Señor, esa clase de profesionales sería barrida de la faz de la tierra. Ahora bien, usted no puede permitirse —por decirlo así, el sistema social no puede permitirse— perder a una orden de hombres como el señor Vholes. Diligente, perseverante, constante, sagaz en los negocios. Mi querido señor, comprendo sus actuales sentimientos contra el estado de cosas existente, que admito que es un poco duro en su caso; pero jamás podré alzar mi voz en favor de la demolición de una clase de hombres como el señor Vholes».

La respetabilidad del señor Vholes ha sido citada incluso con efecto aplastante ante comités parlamentarios, tal como consta en las siguientes actas oficiales del testimonio de un distinguido abogado. «Pregunta (número quinientos diecisiete mil ochocientos sesenta y nueve): Si le he entendido bien, ¿estas formas de actuación provocan indiscutiblemente demoras? Respuesta: Sí, alguna demora. Pregunta: ¿Y un gran gasto? Respuesta: Ciertamente no se pueden llevar a cabo gratis. Pregunta: ¿Y molestias inexpresables? Respuesta: No estoy preparado para decir eso. A

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