de contar con tu buena opinión.
Al darle a la mano de la señora Bagnet, con su labor dentro, un apretado saludo amistoso —pues ella tomó asiento a su lado—, la atención del soldado queda atraída hacia su rostro. Después de mirarlo durante un momento mientras ella agita su aguja, dirige la mirada hacia el joven Woolwich, sentado en su taburete en el rincón, y le hace señas a ese pífano para que se acerque.
—Mira ahí, hijo mío —dice George, alisando con mucha suavidad el cabello de la madre con la mano—, ¡ahí tienes una buena y amorosa frente! Toda brillante de amor por ti, hijo mío. Un poco tocada por el sol y la intemperie por andar siguiendo a tu padre y cuidando de ti, pero tan fresca y sana como una manzana madura en el árbol.
El rostro del señor Bagnet expresa, hasta donde se lo permite su material de madera, la más alta aprobación y aquiescencia.
—Llegará el tiempo, muchacho —prosigue el soldado—, en que estos cabellos de tu madre se vuelvan grises, y esta frente se llene de arrugas de arriba a abajo, y entonces será una respetable anciana. Cuida, mientras eres joven, de poder pensar en esos días: «¡Jamás blanqueé un cabello de su querido cabeza; jamás marqué una línea de dolor en su rostro!». Pues de todas las muchas cosas en que podrás pensar cuando seas hombre, ¡más te valdrá tener ésa presente, Woolwich!
El señor George concluye levantándose de su silla, sentando al muchacho junto a su madre en ella y diciendo, con cierta prisa, que va a fumar su pipa un poco en la calle.