Summerson? Porque me es absolutamente imposible guardar mis papeles».
Me tomé la libertad de decir que sin duda se necesitaría la habitación y que me parecía que debíamos guardar los papeles en alguna parte.
—Vaya, querida señorita Summerson —dijo la señora Jellyby—, supongo que usted sabrá lo que hace. Pero al obligarme a emplear a un muchacho, Caddy me ha metido en un aprieto tal, agobiada como estoy con asuntos públicos, que no sé por dónde tirar. Además, el miércoles por la tarde tenemos una reunión de Ramificación, y el contratiempo es muy grave.
—No es probable que vuelva a ocurrir —dije, sonriendo—. Probablemente Caddy se casará una sola vez.
—Eso es verdad —respondió la señora Jellyby—; eso es verdad, querida mía. ¡Supongo que tendremos que sacar lo mejor posible de ello!
La siguiente pregunta fue cómo debía vestirse la señora Jellyby para la ocasión. Me pareció muy curioso verla contemplar la escena serenamente desde su mesa de despacho mientras Caddy y yo lo discutíamos, sacudiendo la cabeza de vez en cuando con una sonrisa medio reprobadora, como un espíritu superior que apenas pudiera tolerar nuestras naderías.
El estado en que se encontraban sus vestidos, y el extraordinario desorden en que los guardaba, no contribuyeron poco a nuestra dificultad; pero al fin ideamos algo no muy diferente de lo que una madre corriente podría llevar en semejante ocasión. El aire abstraído con el que la señora Jellyby se entregaba a que la modista le probara este atuendo, y la dulzura con la que luego me comentaba