—Ciertamente, ninguno en el mundo, hija.
—Me alegro de eso —dice Watt—, porque tengo un deseo inexpresivo de ampliar mi conocimiento de este hermoso vecindario.
Da la casualidad de que mira a Rosa, quien baja la vista y es, en verdad, muy tímida. Pero según la vieja superstición, deberían ser las orejas de Rosa las que le arden, y no sus frescas y brillantes mejillas, pues la doncella de mi señora está hablando de ella en este momento con energía sobresaliente.
La camarera de mi Lady es una francesa de treinta y dos años, oriunda de alguna parte del sur, por los rumbos de Aviñón y Marsella; una mujer morena, de ojos grandes y cabello negro, que sería hermosa de no ser por cierta boca felina y una general e incosteable tirantez en el rostro, que hace que las mandíbulas parezcan demasiado ávidas y el cráneo demasiado prominente.
Hay algo indefinidamente agudo y marchito en su complexión, y tiene la costumbre vigilante de mirar de reojo sin girar la cabeza, algo de lo que se prescindiría con gusto, sobre todo cuando está de mal humor y anda cerca de los cuchillos.
A pesar del buen gusto de su ropa y pequeños adornos, estas objeciones se manifiestan de tal modo que parece andar por ahí como una loba muy pulcra e imperfectamente domesticada.
Además de ser hábil en todos los saberes propios de su puesto, es casi inglesa por su dominio del idioma; en consecuencia, no le faltan palabras para abrumar a Rosa por haber atraído la atención de mi Lady, y las derrocha con una mueca de sombría burla mientras cena, de modo que su compañero, el hombre afectuoso, respira bastante aliviado cuando ella llega a la etapa de la cuchara en dicho ritual.