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nydus/Bleak HousePublic
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XII. De guardia

—Ciertamente, ninguno en el mundo, hija.

—Me alegro de eso —dice Watt—, porque tengo un deseo inexpresivo de ampliar mi conocimiento de este hermoso vecindario.

Da la casualidad de que mira a Rosa, quien baja la vista y es, en verdad, muy tímida. Pero según la vieja superstición, deberían ser las orejas de Rosa las que le arden, y no sus frescas y brillantes mejillas, pues la doncella de mi señora está hablando de ella en este momento con energía sobresaliente.

La camarera de mi Lady es una francesa de treinta y dos años, oriunda de alguna parte del sur, por los rumbos de Aviñón y Marsella; una mujer morena, de ojos grandes y cabello negro, que sería hermosa de no ser por cierta boca felina y una general e incosteable tirantez en el rostro, que hace que las mandíbulas parezcan demasiado ávidas y el cráneo demasiado prominente.

Hay algo indefinidamente agudo y marchito en su complexión, y tiene la costumbre vigilante de mirar de reojo sin girar la cabeza, algo de lo que se prescindiría con gusto, sobre todo cuando está de mal humor y anda cerca de los cuchillos.

A pesar del buen gusto de su ropa y pequeños adornos, estas objeciones se manifiestan de tal modo que parece andar por ahí como una loba muy pulcra e imperfectamente domesticada.

Además de ser hábil en todos los saberes propios de su puesto, es casi inglesa por su dominio del idioma; en consecuencia, no le faltan palabras para abrumar a Rosa por haber atraído la atención de mi Lady, y las derrocha con una mueca de sombría burla mientras cena, de modo que su compañero, el hombre afectuoso, respira bastante aliviado cuando ella llega a la etapa de la cuchara en dicho ritual.

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