la tarde”.
Creí que lo mejor que podía hacer era despedirme; Caddy me detuvo un momento al decir: «¿No te importará que lo traiga a verte, mamá?».
—¡Dios mío, Caddy —exclamó la señora Jellyby, que había recaído en aquella contemplación distante—, has empezado otra vez? ¿Traer a quién?
“A él, mamá”.
—¡Caddy, Caddy! —dijo la señora Jellyby, bastante cansada de asuntos tan insignificantes—. Entonces debes traerlo alguna noche que no sea noche de Sociedad de Padres, ni noche de Filial, ni noche de Ramificación. Debes adaptar la visita a las exigencias de mi tiempo. Mi querida señorita Summerson, ha sido muy amable de su parte venir aquí a ayudar a esta tonta mozuela. ¡Adiós! Cuando le digo que esta mañana he recibido cincuenta y ocho cartas nuevas de familias de fabricantes ansiosas por comprender los detalles de la cuestión sobre los nativos y el cultivo del café, no necesito disculparme por tener muy poco tiempo libre.
No me sorprendió que Caddy estuviera decaída cuando bajamos, ni que volviera a sollozar en mi hombro, ni que dijera que habría preferido mil veces que la regañaran antes que tratarla con tanta indiferencia, ni que me confesara que era tan pobre en ropa que no sabía cómo iba a casarse dignamente. Fui animándola poco a poco al hablarle de las muchas cosas que haría por su desgraciado padre y por Peepy cuando tuviera su propia casa; y al fin bajamos a la húmeda y oscura cocina, donde Peepy y sus hermanitos y hermanas estaban gateando por el suelo de piedra y donde jugamos tanto con ellos que, para