el amor de Ada puede hacerte cada día más digno.
—Lo sé, querida —respondió, apretándome el brazo—, sé todo eso. No debes extrañarte de que ahora esté un poco blando, pues he tenido todo esto en la cabeza durante mucho tiempo, y a menudo he querido hablar contigo, y a veces me ha faltado la ocasión y a veces el valor.
Sé lo que el pensamiento de Ada debería hacer por mí, pero no lo hace. Estoy demasiado alterado incluso para eso. La amo con la mayor devoción y, sin embargo, le hago daño, al hacerme daño a mí mismo, todos los días y a todas horas.
Pero esto no puede durar siempre. ¡Llegaremos a una vista definitiva y obtendremos una sentencia a nuestro favor, y entonces tú y Ada veréis lo que realmente puedo ser!
Me había producido una punzada oírle sollozar y ver cómo le brotaban las lágrimas entre los dedos, pero eso me resultó infinitamente menos conmovedor que la esperanzadora animación con la que pronunció estas palabras.
—He examinado muy bien los documentos, Esther. Llevo meses metido de lleno en ellos —continuó, recuperando la alegría en un instante—, y puedes confiar en que saldremos victoriosos. En cuanto a los años de retraso, ¡bien sabe Dios que no han faltado! Y eso hace que sea mayor la probabilidad de que llevemos el asunto a un pronto final; de hecho, ya está sobre el papel. ¡Todo saldrá bien al fin, y entonces ya lo verás!
Recordando cómo acababa de colocar a los señores Kenge y Carboy en la misma categoría que al señor Badger, le