¡ejem!... el terreno prohibido, y podría estudiarlo, dominarlo y convencerme de que no se le descuidaba y de que se llevaba a cabo debidamente. ¡Podría velar por los intereses de Ada y por los míos propios (que son la misma cosa!), y me aplicaría a Blackstone y a todos esos tipos con el más tremendo entusiasmo!
No estaba ni mucho menos tan segura de eso, y vi cómo su anhelo por las cosas vagas que aún estaban por venir, fruto de aquellas esperanzas largamente postergadas, ensombrecía el rostro de Ada. Pero creí que lo mejor era animarle en cualquier proyecto de esfuerzo continuo, y tan solo le aconsejá.
—Querida Minerva —dijo Richard—, tengo la cabeza tan bien sentada como tú. Cometí un error; todos somos propensos a equivocarnos; no volveré a hacerlo y llegaré a ser un abogado como pocas veces se ha visto. Es decir, ya sabes —añadió Richard, recayendo en la duda—, ¡si es que de verdad vale la pena, después de todo, armar tanto revuelo por nada en particular!
Esto nos condujo a repetir de nuevo, con gran solemnidad, todo cuanto ya habíamos dicho y a llegar después a prácticamente la misma conclusión. Pero aconsejamos con tanta insistencia a Richard que fuera franco y abierto con el señor Jarndyce sin perder un solo momento, y su carácter era por naturaleza tan reacio al ocultamiento, que fue a buscarlo de inmediato (llevándonos con él) y le hizo una confesión total.
—Rick —dijo mi tutor, tras escucharlo atentamente—, podemos retirarnos con honor, y lo haremos. Pero debemos tener cuidado —por el bien de nuestra prima, Rick, por el bien de nuestra prima— de no cometer más errores de esa clase. Por lo tanto, en lo que respecta a la ley, tendremos un buen juicio antes de decidir. Miraremos antes de dar el salto y nos tomaremos todo el tiempo necesario.
La energía de Richard era de un carácter tan impaciente e inconstante que no le habría gustado nada más que ir a la oficina del señor Kenge en