punto de llorar. Sin embargo, pronto nos echamos a reír y estábamos desempacando afanosamente cuando la señorita Jellyby regresó para decir que sentía no hubiera agua caliente, pero que no encontraban la tetera y la caldera estaba descompuesta.
Le suplicamos que no lo mencionara y nos dimos tanta prisa como pudimos para bajar al fuego de nuevo.
Pero todos los niños pequeños habían subido al descansillo exterior para ver el fenómeno de Peepy acostada en mi cama, y nuestra atención se vio distraída por la constante aparición de narices y dedos en situaciones de peligro entre las bisagras de las puertas.
Era imposible cerrar la puerta de ninguna de las dos habitaciones, pues mi cerradura, sin picaporte, parecía como si pidiera que la dieran cuerda; y aunque el pomo de la de Ada giraba una y otra vez con la mayor suavidad, no producía efecto alguno en la puerta.
Por lo tanto, propuse a los niños que entraran y se portaran muy bien en mi mesa, y yo les contaría el cuento de Caperucita Roja mientras me vestía; lo cual hicieron, y se quedaron tan callados como ratones, incluido Peepy, que se despertó oportunamente antes de la aparición del lobo.
Cuando bajamos encontramos una taza en la que ponía «Un regalo de Tunbridge Wells» iluminada en la ventana de la escalera con una mecha flotante, y a una joven, con la cara hinchada envuelta en una venda de franela, avivando el fuego de la sala de estar (ahora comunicada por una puerta abierta con la habitación de la señora Jellyby) y atragantándose horriblemente. Hacía tanto humo que, en resumen, nos sentamos todos tosiendo y llorando con las ventanas abiertas durante media hora, tiempo durante el cual la señora Jellyby, con la misma dulzura de carácter, dictaba cartas sobre África.