de té sucias a la bajamar de la taza grande, como indicio de que considera terminados el comer y el beber.
—¡Ahora! ¿Quién es, y qué se le ofrece? —dice la brusca Judy.
Es un tal señor George, al parecer. Sin otro anuncio ni ceremonia, el señor George entra.
«¡Uf!», dice el señor George. «Aquí hace mucho calor. Siempre con fuego, ¿eh? ¡Bueno! Tal vez haga bien en acostumbrarse a uno».
El señor George hace este último comentario para sus adentros mientras saluda con la cabeza al abuelo Smallweed.
—¡Hola! ¡Es usted! —grita el anciano—. ¿Cómo le va? ¿Cómo le va?
«Más o menos», responde el señor George, tomando asiento. «A su nieta ya he tenido el honor de verla antes; mis respetos, señorita».
—Este es mi nieto —dice el abuelo Smallweed—. No lo