mal encaminada. No veía que condujera a nada, salvo a la formación de esperanzas ilusorias en relación con el pleito que ya era causa perniciosa de tanta pesadumbre y ruina. Había llegado al fondo de aquel misterio ahora, nos dijo, y nada podía ser más evidente que el testamento en virtud del cual él y Ada iban a recibir no sé cuántos miles de libras debía ser finalmente ratificado de haber algo de sensatez o justicia en el Tribunal de la Cancillería —pero, oh, qué gran «si» resonaba en mis oídos— y que tan feliz conclusión no podía tardar mucho más en llegar. Se demostraba esto a sí mismo con todos los tediosos argumentos de ese bando que había leído, y cada uno de ellos lo hundía más profundamente en su obsesión.
Incluso había empezado a rondar el tribunal. Nos contaba cómo veía allí a la señorita Flite a diario, cómo hablaban el uno con el otro, y cómo él le hacía pequeños favores, y cómo, mientras se reía de ella, la compadecía desde el fondo de su corazón. Pero él nunca pensó —jamás, mi pobre, querido y optimista Richard, capaz de tanta felicidad entonces, y con cosas mucho mejores por delante— qué eslabón fatal se estaba remachando entre su fresca juventud y la ajada edad de ella, entre sus libres esperanzas y los pájaros enjaulados de ella, y su buhardilla hambrienta, y su mente extraviada.
Ada lo amaba demasiado como para desconfiar mucho de cualquier cosa que dijera o hiciera, y mi tutor, aunque se quejaba con frecuencia del viento del este y leía más