«Cruel señorita», dijo el señor Guppy, «¡escuche otra palabra! Creo que habrá visto que quedé prendado de esos encantos el día que le aguardé en el Whytorseller. Creo que habrá notado que no pude reprimir un tributo a esos encantos al levantar los estribos del coche de punto. Fue un débil tributo hacia ti, pero estuvo bien intencionado. Tu imagen ha permanecido grabada desde entonces en mi pecho. He caminado arriba y abajo al atardecer frente a la casa de los Jellyby solo para contemplar los ladrillos que una vez te contuvieron. Esta salida de hoy —una salida de todo punto innecesaria en cuanto al servicio que era su pretexto— fue planeada por mí solo y para ti sola. Si hablo de interés, es solo para recomendarme a mí y a mi respetuosa desdicha. El amor estaba antes que eso, y está antes que eso».
“Me dolería, señor Guppy —dije, levantándome y poniendo la mano en el cordón de la campanilla—, cometer la injusticia con usted, o con cualquiera que fuera sincero, de menospreciar un sentimiento honesto, por desagradablemente que se exprese. Si