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nydus/Bleak HousePublic
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LVII. El relato de Esther

—Sé muy poco —dije—. Puede haber alguien más cerca de aquí de quien jamás haya oído hablar.

—Eso es verdad. Pero hagas lo que hagas, no te eches a llorar, querida mía; y no te preocupes más de lo inevitable. ¡Sigue adelante, muchacho!

La aguanieve cayó durante todo aquel día sin cesar, una espesa bruma apareció temprano y no se levantó ni aclaró un solo instante.

Jamás había visto caminos semejantes. A veces temía que nos hubiéramos perdido y metido en terrenos arados o en los pantanos.

Si alguna vez pensaba en el tiempo que llevaba fuera, este se me presentaba como un periodo indefinido y de gran duración, y me parecía, de un modo extraño, no haber estado nunca libre de la zozobra bajo la cual penaba entonces.

A medida que avanzábamos, comencé a temer que mi compañero estuviera perdiendo la confianza. Seguía siendo el mismo de antes con toda la gente del camino, pero se le veía más serio cuando se sentaba solo en el pescante.

Le vi el dedo moverse con inquietud una y otra vez sobre su boca durante toda una larga y fatigosas etapa. Oí por casualidad que empezaba a preguntar a los cocheros de carruajes y otros vehículos que venían hacia nosotros qué pasajeros habían visto en otros carruajes y vehículos que iban por delante.

Sus respuestas no le animaban. Siempre me hacía un gesto tranquilizador con el dedo y un alzamiento de párpados al subir de nuevo al pescante, pero ahora parecía desconcertado cuando decía: «¡Sigue adelante, muchacho!».

Por fin, cuando estábamos cambiando de caballos, me dijo que le había perdido la pista al vestido durante tanto tiempo que empezaba a estar sorprendido.

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