—Pero es una desgracia terrible, tutor.
“Es una terrible desgracia, mujercita, verse arrastrado siempre por las influencias de Jarndyce y Jarndyce. No conozco ninguna mayor. Poco a poco se le ha inducido a confiar en esa caña podriza, y esta comunica una parte de su podredumbre a todo lo que le rodea. Pero repito de nuevo con toda mi alma, debemos ser pacientes con el pobre Rick y no culparle. ¡Qué tropa de corazones buenos y frescos como el suyo he visto yo en mi tiempo corrompidos por los mismos medios!”
No pude evitar expresar algo de mi asombro y pesar por el hecho de que sus intenciones, benévolas y desinteresadas, hubieran prosperado tan poco.
—No debemos hablar así, Madre Durden —respondió él alegremente—; Ada es más feliz, eso espero, y ya es mucho. Sí creía que yo y estas dos criaturas jóvenes podíamos ser amigos en vez de enemigos desconfiados, y que así podríamos contrarrestar en parte el pleito y demostrar ser demasiado fuertes para él. Pero era demasiado esperar. Jarndyce y Jarndyce fue el telón de la cuna de Rick.
—Pero, tutor, ¿no podemos esperar que un poco de experiencia le enseñe lo falso y mezquino que es?
—Esperemos que así sea, mi Esther —dijo el señor Jarndyce—, y que no le sirva para aprenderlo demasiado tarde. En cualquier caso, no debemos ser duros con él. No hay muchos hombres maduros y formados que vivan mientras hablamos, hombres buenos también, que si fueran arrojados a este mismo tribunal como litigantes no resultaran vitalmente cambiados y devaluados en el plazo de tres años —en dos—, en uno. ¿Cómo podemos asombrarnos del pobre Rick? Un joven tan desafortunado —aquí bajó el tono, como si estuviera pensando en voz alta— no puede creer al principio (¿quién podría?) que la Cancillería es lo que es. Acude a ella, con ilusión y arrebatos, para que haga algo con sus