trucha de verdad en una vitrina, tan morena y brillante como si la hubieran servido con salsa; a la muerte del capitán Cook; y a todo el proceso de preparación del té en China, tal como lo representaban artistas chinos.
En mi habitación había grabados ovales de los meses: damas haciendo heno con talle corto y grandes sombreros atados bajo la barbilla, para junio; nobles de piernas tersas señalando con sombreros de ala torcida las torres de las aldeas, para octubre. Abundaban por toda la casa los retratos de medio cuerpo al pastel, pero estaban tan dispersos que encontré al hermano de un joven oficial mío en el armario de la porcelana, y a la gris ancianidad de mi bella y joven novia, con una flor en el corpiño, en el salón de desayunos. Como sustitutos, tenía cuatro ángeles, de la época de la reina Ana, llevando a un caballero complaciente al cielo, en guirnaldas, con cierta dificultad; y una composición en labor de aguja que representaba fruta, una tetera y un abecedario.
Todos los muebles, desde los armarios hasta las sillas y mesas, cortinajes, espejos, hasta los alfileteros y frascos de esencia de los tocadores, mostraban la misma pintoresca variedad.
No coincidían en nada más que en su pulcritud perfecta, en su despliegue de la ropa blanca más impecable y en su acumulación —allí donde la existencia de un cajón, pequeño o grande, lo hacía posible— de cantidades de pétalos de rosa y dulce lavanda.
Tales eran, con sus ventanas iluminadas, suavizadas aquí y allá por las sombras de las cortinas, brillando hacia la noche estrellada; con su luz, su calidez y su confort; con el tintineo hospitalario, a lo distancia, de los