—¡Ah... aah! —exclama la señora Snagsby.
«Que dice: “No lo sé”. Entonces os diré por qué. Digo que este hermano presente entre nosotros carece de padres, carece de parientes, carece de rebaños y manadas, carece de oro, de plata y de piedras preciosas porque carece de la luz que brilla e ilumina a algunos de nosotros. ¿Qué es esa luz? ¿Qué es? Os pregunto, ¿qué es esa luz?».
El señor Chadband echa la cabeza hacia atrás y se detiene, pero al señor Snagsby no se le vuelve a tender una trampa para su destrucción. El señor Chadband, inclinándose hacia adelante sobre la mesa, clava lo que ha de continuar directamente en el señor Snagsby con la uña del pulgar ya mencionada.
—Es —dice Chadband—, el rayo de los rayos, el sol de los soles, la luna de las lunas, la estrella de las estrellas. Es la luz de la Verdá.
El señor Chadband se yergue de nuevo y mira triunfante al señor Snagsby, como si le alegraría saber cómo se siente después de eso.
«De la Berdad», dice el señor Chadband, golpeándolo de nuevo. «No me digáis que no es la lámpara de las lámparas. Os digo que lo es. Os digo, un millón de veces, que lo es. ¡Lo es! Os digo que os la proclamaré, os guste o no; es más, cuanto menos os guste, más os la proclamaré. ¡Con un megáfono! Os digo que si os alzáis contra ella, caeréis, seréis magullados, seréis apaleados, seréis agrietados, seréis aplastados».
El efecto actual de este vuelo oratorio —muy admirado por su potencia general por los seguidores del señor Chadband—, consistente no solo en hacer que el señor Chadband entre en un calor desagradable, sino en presentar al inocente señor Snagsby como un enemigo acérrimo de la virtud, con frente de bronce y corazón de diamante, deja a ese desafortunado comerciante aún más desconcertado y en un estado muy avanzado de abatimiento y falsa posición cuando el señor Chadband lo remata por casualidad.