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nydus/Bleak HousePublic
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IV. Filantropía telescópica

—¡El mejor clima del mundo! —dijo la señora Jellyby.

—¿De veras, señora?

—Desde luego. Con precaución —dijo la señora Jellyby—. Puedes ir a Holborn sin precaución y que te atropellen. Puedes ir a Holborn con precaución y que nunca te atropellen. Exactamente igual pasa con África.

Dije: «Sin duda». Me refería a lo de Holborn.

—Si gustan —dijo la señora Jellyby, acercándonos una serie de papeles—, echar un vistazo a algunas observaciones sobre ese punto, y sobre el tema general (que han tenido una gran difusión), mientras termino una carta que le estoy dictando ahora a mi hija mayor, que es mi amanuense...

La muchacha de la mesa dejó de morderse el lápiz y nos devolvió el saludo, dividida entre el pudor y la desgana.

—Entonces habré terminado por ahora —prosiguió la señora Jellyby con una dulce sonrisa—, aunque mi trabajo nunca termina. ¿Dónde estás, Caddy?

—«Le ruega que acepte sus respetos y le suplica...» —dijo Caddy.

“«Y suplica», dictaba la señora Jellyby, «informarle, en relación con su carta de consulta sobre el proyecto africano...» ¡No, Peepy! ¡Por mí no!”

Peepy (así llamado por él mismo) era el desdichado niño que se había caído por las escaleras, y que ahora interrumpía la correspondencia al presentarse, con una tira de emplasto en la frente, para mostrar sus rodillas heridas, respecto de las cuales Ada y yo no sabíamos qué compadecer más: si los hematomas o la suciedad. La señora Jellyby simplemente añadió, con la serena compostura con la que decía todo: «¡Vete de aquí, malvado Peepy!», y volvió a fijar sus bellos ojos en África.

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