saben nada), echándose a perder y arruinándose, que por eso me han bautizado a mí y a mi local. Y tengo tantos pergaminos y papeles viejos en mi haber. Y siento debilidad por la roña, el moho y las telarañas. Y todo es pescado para mi red. Y no soporto desprenderse de nada de lo que una vez echo mano (o eso creen mis vecinos, pero ¿qué saben ellos?) ni alterar nada, ni permitir que se barra, ni se friegue, ni se limpie, ni se repare nada a mi alrededor. Esa es la razón por la que me han colgado el mal nombre de Cancillería. No me importa. Voy a ver a mi noble y culto hermano casi todos los días, cuando él se sienta en los Inns. Él no se fija en mí, pero yo me fijo en él. No hay gran diferencia entre nosotros. Los dos avanzamos a tientas en medio de un lío. ¡Hola, Lady Jane!
Un gran gato gris saltó desde algún estante vecino sobre su hombro y nos asustó a todos.
“¡Hola! Enséñales cómo arañas. ¡Hola! ¡Desgarra, mi señora!”, dijo su amo.
El gato dio un salto hacia abajo y desgarró un atado de harapos con sus garras tigrescas, con un sonido que me puso los dientes de punta al oírlo.
—Haría otro tanto por cualquiera a quien yo le encargase —dijo el viejo.
—Comercio con pieles de gato entre otros asuntos generales, y la suya me fue ofrecida. Es una piel muy fina, como puede ver, ¡pero no fui yo quien la mandó desollar! «Eso no se parece en nada a la práctica del Tribunal de la Cancillería, sin embargo», dirá usted.
Por entonces nos había conducido al otro lado de la tienda, y ahora abría una puerta en la parte trasera de esta que daba al zaguán de la casa.