distinguido, en su totalidad, resulta perfectamente claro que no hay nadie en disputa salvo Boodle y su séquito, y Buffy y su séquito. Estos son los grandes actores para quienes está reservado el escenario. Existe un Pueblo, sin duda—cierto gran número de figurantes, a los que hay que dirigirse ocasionalmente y de los que se espera que lancen vivas y coros, como en el escenario teatral—, pero Boodle y Buffy, sus seguidores y familias, sus herederos, albaceas, administradores y cesionarios, son los primeros actores natos, los directores y los líderes, y nadie más puede aparecer en escena por los siglos de los siglos.
En esto también hay tal vez más dandyismo en Chesney Wold del que al brillante y distinguido círculo le convendrá a la larga. Pues ocurre con este, aun con los círculos más silenciosos y educados, como con el círculo que el nigromante dibuja a su alrededor: muy extrañas apariciones pueden verse en activo movimiento afuera. Con esta diferencia: que al ser realidades y no fantasmas, hay un mayor peligro de que irrumpan.
Chesney Wold está lleno de todos modos, tan lleno que en