La señora Jellyby, cuyo rostro no reflejaba nada de la inquietud que nosotros no podíamos evitar mostrar en los nuestros a medida que la cabecita de la querida niña iba registrando su paso con un golpe en cada escalón —Richard dijo después que contó siete, además de uno en el descansillo—, nos recibió con absoluta ecuanimidad. Era una mujer bonita, muy menuda, regordeta, de entre cuarenta y cincuenta años, de ojos hermosos, aunque tenían la extraña costumbre de parecer mirar muy a lo lejos. ¡Como si —vuelvo a citar a Richard— no pudieran ver nada más cercano que África!
—Me alegro muchísimo —dijo la señora Jellyby con voz agradable— de tener el gusto de recibirles a ustedes. Le tengo un gran respeto al señor Jarndyce, y nadie por quien él se interese puede serme indiferente.
Expresamos nuestro agradecimiento y nos sentamos detrás de la puerta, donde había un sofá lisiado e inválido.
La señora Jellyby tenía un pelo muy bueno, pero estaba demasiado ocupada con sus deberes africanos como para cepillárselo. El chal con el que había estado holgadamente envuelta cayó sobre su silla cuando avanzó hacia nosotros; y al volverse para retomar su asiento, no pudimos evitar notar que su vestido casi no cerraba por la espalda y que el espacio abierto estaba entrecruzado con un enrejado de cordones de corsé, como un cenador.
La habitación, que estaba llena de papeles y ocupada casi por completo por un gran escritorio cubierto de desperdicios similares, he de decir que no solo estaba muy desordenada, sino también muy sucia.
Tuvimos que advertir eso con el sentido de la vista, incluso mientras, con el sentido del oído, seguíamos al pobre niño que había rodado escaleras abajo: creo que a la cocina trasera, donde alguien parecía ahogarlo.
Pero lo que principalmente nos llamó la atención fue una muchacha fatigada y de aspecto enfermizo, aunque de ningún modo fea, sentada a la