justificarse por las relaciones actuales en las que se hallaba con el señor Jarndyce. Como el querido viejo infante estaría con nosotros enseguida, me rogó que concertara una cita para la mañana, momento en el que podría explicarse por completo mediante una conversación abierta conmigo. Le propuse pasear con él por el parque a las siete, y así quedó arreglado. El señor Skimpole apareció poco después y nos mantuvo alegres durante una hora. Pidió expresamente ver al pequeño Coavinses (refiriéndose a Charley) y le dijo, con aire patriarcal, que le había dado a su difunto padre todo el trabajo que estuvo en sus manos y que, si uno de sus hermanitos se daba prisa en establecerse en la misma profesión, esperaba poder seguir proporcionándole una buena cantidad de empleo.
“Pues a mí me atrapan constantemente en estas redes —dijo el señor Skimpole, mirándonos con una sonrisa radiante por encima de un vaso de vino con agua—, y constantemente me sacan a flote, como a un barquito. O me pagan la tripulación, como a un barco. Alguien lo hace siempre por mí. Yo no puedo hacerlo, ya lo saben, porque nunca tengo dinero. Pero alguien lo hace. Salgo a flote por mediación de alguien; no soy como el estornino; yo consigo salir. Si me preguntaran quién es ese alguien, os doy mi palabra de que no sabría decírselo. Brindemos por alguien. ¡Que Dios lo bendiga!”.
Richard llegó un poco tarde por la mañana, pero no tuve que esperarle mucho, y nos adentramos en el parque.
El aire era luminoso y fresco de rocío, y el cielo, despejado. Los pájaros cantaban con encanto; los destellos en el helecho, la hierba y los árboles eran exquisitos de ver; la suntuosidad de los bosques parecía haberse multiplicado por veinte desde ayer, como si, en la noche silenciosa en la que se habían visto tan masivamente callados en el sueño, la naturaleza, a través de todos los minuciosos detalles de cada hoja maravillosa, hubiera estado más despierta de lo habitual para la gloria de aquel día.