palabras, Caddy se sentó riendo ante un pianito cuadrado y destartalado y tocó una cuadrilla con gran energía. Luego se levantó de nuevo, de buen humor y enrojecida, y mientras ella misma aún reía, dijo: “Por favor, no te rías de mí; ¡sé una buena chica!”.
Antes habría llorado, pero no hice ni lo uno ni lo otro. La animé y la alabé con todo mi corazón. Pues creía firmemente, a pesar de ser esposa de profesor de baile y de aspirar a ser profesora de baile en su limitada ambición, que ella se había forjado un camino natural, sano y entrañable de laboriosidad y perseverancia que era tan bueno como una vocación.
—Querida —dijo Caddy, encantada—, no te imaginas cuánto me animas. Te deberé, no sabes cuánto. ¡Qué cambios, Esther, aun en mi pequeño mundo! ¿Te acuerdas de aquella primera noche, cuando fui tan descortés y estaba llena de tinta? ¡Quién habría pensado entonces que llegaría a enseñar a la gente a bailar, entre todas las posibilidades e imposibilidades!