había traído tanto consuelo consigo, mirando con ansiedad hacia afuera.
—Sois vosotras, señoritas, ¿verdad? —dijo en un susurro—. Estoy esperando a mi amo. Tengo el corazón en la boca. Si me pillara fuera de casa, poco menos que me mataría a palos.
—¿Se refiere a su marido? —dije yo.
“Sí, señorita, mi amo. Jenny está dormida, completamente agotada. Apenas ha soltado al niño de las faldas, pobrecilla, en estos siete días y noches, a menos que yo haya podido tomarlo por un minuto o dos”.
Mientras nos abría paso, entró con suavidad y dejó lo que habíamos traído cerca de la miserable cama en donde la madre dormía.
No se había hecho ningún esfuerzo por limpiar la habitación —parecía por su propia naturaleza casi incapaz de llegar a estar limpia—; pero la pequeña forma cerúlea de la que emanaba tanta solemnidad había sido recompuesta, lavada y vestida pulcramente con algunos retazos de lino blanco; y sobre mi pañuelo, que todavía cubría al pobre bebé, un pequeño ramo de hierbas olorosas había sido colocado por las mismas manos ásperas y cicatrizadas, ¡con tanta ligereza, con tanta ternura!