Apenas le volví a reconocer, iba tan extraordinariamente elegante.
Llevaba un traje completamente nuevo de tela brillante, un sombrero reluciente, guantes de cabritilla lila, un pañuelo de cuello de varios colores, una gran flor de invernadero en el ojal y un grueso anillo de oro en el dedo meñique.
Además, perfumaba por completo el comedor con grasa de oso y otros cosméticos.
Me miró con una atención que me turbó bastante cuando le rogué que tomara asiento hasta que regresara el criado; y mientras estaba allí sentado cruzando y descruzando las piernas en un rincón, y le pregunté si había tenido un buen viaje y esperaba que el señor Kenge estuviera bien, no hubo vez que lo mirara sin descubrir que él me miraba a mí de la misma manera escrutadora y curiosa.
Cuando le transmitieron la petición de que subiera al cuarto del señor Boythorn, le mencioné que al bajar encontraría el almuerzo preparado para él, del cual el señor Jarndyce esperaba que participara. Dijo con cierta incomodidad, sosteniendo el pomo de la puerta: —¿Tendré el honor de encontrarla a usted aquí, señorita? —Respondí que sí, que yo estaría allí; y salió con una reverencia y otra mirada.
Lo creí simplemente torpe y tímido, pues era evidente que estaba muy desconcertado; y se me ocurrió que lo mejor que podía hacer era esperar hasta ver que tenía todo lo que necesitaba y luego dejarlo a solas.
El almuerzo no tardó en llegar, pero permaneció un buen rato sobre la mesa. La entrevista con el señor Boythorn fue larga y también tormentosa, según supuse, porque, aunque su habitación estaba a cierta distancia, oía su voz ronca alzarse de vez en cuando como un viento huracanado y lanzar evidentes descargas cerradas de invectivas.