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nydus/Bleak HousePublic
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XIV. Comportamiento

la anciana.

Puse cara de sorpresa y curiosidad.

La anciana, cada vez más irritada contra el maestro de buenos modales a medida que profundizaba en el tema, me dio algunos detalles de su carrera, asegurándome con firmeza que se quedaba corta.

Se había casado con una mujercita apacible, profesora de baile, con una clientela aceptable (no habiendo hecho en su vida otra cosa que mantener las formas), y la había hecho trabajar hasta la muerte, o, en el mejor de los casos, había permitido que ella trabajara hasta morir, para costearle los gastos indispensables para su posición. Para exhibir sus maneras ante los mejores modelos y tenerlos siempre presentes, había considerado necesario frecuentar todos los lugares públicos de moda y esparcimiento, dejarse ver en Brighton y otros sitios en temporada alta, y llevar una vida ociosa con la mejor ropa. Para que pudiera hacerlo, la cariñosa mujercita se había afanado y esforzado, y lo habría seguido haciendo hasta el día de hoy si sus fuerzas le hubieran durado tanto. Pues el motor de la historia era que, a pesar del egoísmo absorbente del hombre, su esposa (subyugada por sus maneras) había creído en él hasta el final y, en su lecho de muerte, en los términos más conmovedores, se lo había encomendado a su hijo como alguien con un derecho inalienable sobre él y a quien nunca podría mirar con excesivo orgullo y deferencia. El hijo, heredando la fe de su madre y teniendo aquellas maneras siempre ante los ojos, había vivido y crecido en la misma creencia, y ahora, a los treinta años de edad, trabajaba para su padre doce horas al

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