El relato de Esther
Richard venía a vernos muy a menudo mientras permanecimos en Londres (aunque pronto descuidó la correspondencia), y con su rapidez mental, su buen humor, su carácter apacible, su alegría y su frescura, resultaba siempre encantador.
Pero aunque cada vez me gustaba más cuanto mejor lo llegaba a conocer, sentía también cada vez más cuánto era de lamentar que no se le hubiera educado en ningún hábito de aplicación y concentración.
El sistema que se había dirigido a él exactamente del mismo modo que se había dirigido a cientos de otros muchachos, todos diferentes en carácter y capacidad, le había permitido superar sus tareas a la carrera, siempre con un crédito aceptable y a menudo con distinción, pero de un modo caprichoso y deslumbrante que había confirmado su dependencia de aquellas mismas cualidades en sí mismo que hubiera sido más deseable dirigir y entrenar.
Eran buenas cualidades, sin las cuales no puede ganarse con mérito ningún alto puesto, pero como el fuego y el agua, aunque excelentes criados, eran muy malos amos. Si hubieran estado bajo la dirección de Richard, habrían sido sus amigos; pero estando Richard bajo la dirección de ellas, se convirtieron en sus enemigos.
Escribo estas opiniones no porque crea que esto o cualquier otra cosa fuera así por haberlo pensado yo, sino tan solo porque en efecto lo pensé y deseo ser sumamente sincera acerca de todo lo que pensé e hice.