Esther me ha contado todo lo que le dijiste esta mañana. Te escribo para reiterarte con toda sinceridad cuanto ella te dijo y para hacerte saber cuán seguro estoy de que tarde o temprano encontrarás en nuestro primo John un modelo de verdad, sinceridad y bondad, momento en el que lamentarás profunda, profundamente haberle hecho (sin intención) tanto daño. > No sé muy bien cómo escribir lo que quiero decir a continuación, pero confío en que lo entiendas tal como lo siento. Tengo cierto temor, mi querido primo, de que sea en parte por mí por lo que estás acumulando tanta desdicha para ti mismo—y si es para ti, también para mí. En caso de que así sea, o en caso de que pienses mucho en mí en lo que estás haciendo, te ruego e imploro encarecidamente que desistas. No puedes hacer nada por mí que me haga la mitad de feliz que dar la espalda para siempre a la sombra en la que ambos nacimos. No te enfades conmigo por decir esto. Te lo ruego, te lo ruego, querido Richard, por mí, por ti mismo, y por esa repugnancia natural hacia aquella fuente de problemas que contribuyó a hacernos huérfanos a ambos cuando éramos muy pequeños, te ruego, te ruego que lo dejes ir para siempre. Ya tenemos motivos para saber a estas alturas que no hay en ello nada bueno ni esperanza alguna, que no se puede sacar nada de eso más que dolor. > Mi querido primo, sobra decir que eres completamente libre y que es muy probable que encuentres a alguien a quien ames mucho más que a tu primer capricho. Estoy completamente segura, si me permites decirlo, de que el objeto de tu elección preferiría con creces seguir tu suerte por doquier, por muy modesta o pobre que
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XXXVII. Jarndyce y Jarndyce
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