el señor Jarndyce—, considerarlo por un momento como un hombre. No se le puede hacer responsable. ¡La idea de Harold Skimpole con designios, planes o conciencia de las consecuencias! ¡Ja, ja, ja!
Era tan delicioso ver cómo se despejaban las nubes de su rostro radiante, y verlo tan de corazón complacido, y saber —como era imposible no saber— que el origen de su complacencia era la bondad que sufría al condenar, desconfiar o acusar en secreto a cualquiera, que vi las lágrimas en los ojos de Ada, mientras ella secundaba su risa, y las sentí en los míos.
—Vaya, ¡qué cabeza de besugo estoy hecho —dijo el señor Jarndyce—, para tener que recordármelo! ¡Todo el asunto revela a la criatura de principio a fin! ¡A nadie más que a un niño se le habría ocurrido elegirlos a ustedes dos como partes interesadas