tenía algo, y era algo de ella, pero no pude decidirme. ¡Si hubiera tenido la suerte de encontrar una esposa como la que encontró Mat!”.
Mrs. Bagnet, que al parecer, de manera virtuosa, no tiene muchos remilgos con un buen muchacho, pero que a fin de cuentas es ella misma otra buena muchacha, recibe este cumplido dándole a Mr. George en la cara con una cabeza de col y llevándose su tina a la pequeña habitación detrás de la tienda.
—Vaya, Quebec, mi muñequita —dice George, entrando a ese departamento tras ser invitado—. ¡Y la pequeña Malta también! ¡Venid a besar a vuestro Papucho!
Estas señoritas—a quienes no se supone bautizadas de verdad con los nombres que llevan, aunque en la familia se las llame siempre así por los lugares de su nacimiento en los cuarteles— están ocupadas respectivamente en banquillos de tres patas, la menor (de unos cinco o seis años) en aprender las letras en un silabario de un penique, la mayor (de ocho o nueve tal vez) en enseñarla y coser con gran asiduidad. Ambas saludan al señor George con aclamaciones como a un viejo amigo y, tras unos besos y retozos, colocan sus banquillos junto a él.
—¿Y cómo está el joven Woolwich? —dice el señor George.
—¡Ah! ¡Miren ahora! —exclama la señora Bagnet, volviéndose de sus cacerolas (pues está preparando la cena) con el rostro encendido de júbilo—. ¿Lo creería? Ha conseguido un contrato en el teatro, con su padre, para tocar el pífano en una obra militar.
—¡Bien hecho, ahijado mío! —exclama el señor George, dándose una palmada en el muslo.
—¡Te creo! —dice la señora Bagnet—. Es un británico. Eso es lo que es Woolwich. ¡Un británico!