tengo suerte.
Él solo negó con la cabeza.
—No mueva la cabeza —dijo el señor Bucket—. Asienta con ella; eso es lo que quiero verle hacer. Válgame Dios, ¡qué tiempos hemos pasado juntos! ¿Acaso no le he visto en la prisión de Fleet una y otra vez por desacato? ¿Acaso no he entrado al tribunal veinte tardes con el único propósito de verle acorralar al Canciller como un bulldog? ¿No se acuerda de cuando empezó a amenazar a los abogados, y le impusieron fianza para mantener la paz dos o tres veces por semana? Pregúntele a la viejecita de ahí; ella siempre ha estado presente. ¡Ánimo, señor Gridley, ánimo, señor!
—¿Qué vas a hacer con él? —preguntó George en voz baja.
—Todavía no lo sé —dijo Bucket con el mismo tono. Luego, retomando su talante alentador, continuó en voz alta: > «¿Agotado, señor Gridley? ¿Después de esquivarme durante todas estas semanas y obligarme a trepar al tejado como un gato cimarrón y a venir a verle en calidad de médico? Eso no se parece en nada a estar agotado. ¡Pues faltaría más! Ahora le diré lo que le pasa. Lo que usted necesita es emoción, ya sabe, para mantenerse en pie; eso es lo que necesita. Está acostumbrado a ello y no puede prescindir de ello. Yo mismo no podría. Muy bien, pues; aquí tiene esta orden de arresto obtenida por el señor Tulkinghorn, de Lincoln’s Inn Fields, y con el visto bueno de media docena de condados desde entonces. ¿Qué me dice de acompañarme, en virtud de esta orden, y de sostener una buena y enconada discusión ante los magistrados? Le sentará bien; le despejará y le pondrá en forma para