mi culpa. Yo no hice ná'. Él era muy güeno conmigo, sí que lo era; era el único conocío con el que podía hablar que pasaba por mi cruce. No es muy probable que yo quisiera que lo inkisiciaran. Ojalá lo estuviera yo, la verdá'. No sé por qué no voy y me hago un hueco en el agua, de veras que no sé.
Lo dice con un aire tan lastimoso, y sus lágrimas mugrientas parecen tan reales, y yace en el rincón contra la empalizada tan parecido a una excrecencia de hongo o cualquier tumor malsano producido allí por el descuido y la impureza, que Allan Woodcourt se compadece de él.
Le dice a la mujer: «Miserable criatura, ¿qué ha hecho?».
A lo que ella solo responde, negando con la cabeza ante la figura postrada con más asombro que enojo: «¡Oh, tú, Jo, tú, Jo! ¡Por fin te he encontrado!».
—¿Qué ha hecho? —dice Allan—. ¿Te ha robado?
“No, señor, no. ¿Robarme? No hizo otra cosa que portarse con bondad conmigo, y esa es la maravilla”.
Allan mira de Jo a la mujer, y de la mujer a Jo, esperando que una de ellas resuelva el enigma.
—Pero iba conmigo, señor —dice la mujer—. ¡Oh, tú, Jo! Él iba conmigo, señor, abajo en Saint Albans, enfermo, y una joven señorita, que Dios la bendiga por lo buena amiga que ha sido conmigo, se apiadó de él cuando yo no me atrevía, y se lo llevó a casa...
Allan se retira de él con un horror repentino.
—Sí, señor, sí. Lo llevé a casa, lo acomodé, y como un monstruo desagradecido se escapó en plena noche y no se le ha vuelto a ver ni a saber nada de él hasta que le he puesto los ojos encima hace un