de su casa en Chesney Wold. No es gran cosa, dirá usted, Sir Leicester Dedlock, Baronet. No. Pero cuando mi amiga extranjera aquí presente baja tanto la guardia como para creer que es un buen momento para romper el resto de esa hoja, y cuando la señora Bucket junta los pedazos y nota que falta el taco, la cosa empieza a ponerse fea.
“Son mentiras muy largas”, interpone Mademoiselle.
“Ustedes divagan muchísimo. ¿Es que ya han casi terminado, o están hablando siempre?”
—Sir Leicester Dedlock, Baronet —pro sigue el señor Bucket, a quien delega el título completo y se violenta a sí mismo cuando prescinde de cualquier fragmento del mismo—, el último punto del caso que voy a mencionar ahora demuestra la necesidad de paciencia en nuestro oficio y de no hacer nunca las cosas a la carrera. Vigilé ayer a esta joven sin que ella lo supiera cuando miraba el funeral, en compañía de mi mujer, quien planeó llevarla allí; y tenía tanto con qué condenarla, y vi tal expresión en su rostro, y mi mente se rebeló tanto contra su malicia hacia su señoría, y el momento era en conjunto tan propicio para descargar sobre ella lo que se puede llamar retribución, que, de haber sido un novato con menos experiencia, la habría detenido, sin duda.
Igualmente, anoche, cuando su señoría, con esa prestancia que todos admiran tanto, estoy seguro, volvió a casa luciendo —¡vaya, Dios mío!, uno diría casi que como Venus emergiendo del océano—, fue tan desagradable y contradictorio pensar que la acusaban de un asesinato del que era inocente, que sentí unas ganas inmensas de poner fin al asunto. ¿Qué habría perdido? Sir Leicester Dedlock, Baronet, habría perdido el arma.
Mi prisionero