leer acerca de los brillantes y distinguidos meteoros que surcan el cielo elegante en todas direcciones le resulta un consuelo indescriptible. Saber qué miembro de qué círculo brillante y distinguido llevó a cabo la brillante y distinguida hazaña de unirse a él ayer, o contempla la no menos brillante y distinguida hazaña de abandonarlo mañana, le produce una emoción de júbilo. Estar informado de lo que la Galaxia de la Belleza Británica anda haciendo y se propone hacer, de qué matrimonios de la Galaxia están sobre el tapete y qué rumores de la Galaxia circulan es familiarizarse con los destinos más gloriosos de la humanidad. El señor Weevle vuelve de esta información a los retratos de la Galaxia relacionados con ella, y parece conocer a los originales y ser conocido de ellos.
Por lo demás, es un inquilino tranquilo, lleno de mañas y recursos ingeniosos como se ha mencionado antes, capaz de cocinar y hacerse la limpieza, así como de hacer de carpintero, y que desarrolla inclinaciones sociales una vez que las sombras de la tarde han caído sobre la plazuela. A esas horas, cuando no lo visita el señor Guppy ni una pequeña luz a su semejanza apagada en un sombrero oscuro, sale de su deslucida habitación —donde ha heredado el desierto de pino de un escritorio salpicado por una lluvia de tinta— y habla con Krook o se muestra «muy libre», como lo llaman en la plazuela, con aire de aprobación, con cualquiera dispuesto a conversar. Por lo cual, la señora Piper, que encabeza la plazuela, se siente impulsada a hacerle dos observaciones a la señora Perkins: primera, que si su Johnny hubiera de llevar patillas, desearía que fuesen idénticas a las de ese joven; y segunda: «¡Acuérdese de lo que le digo, señora Perkins, y no se sorprenda, Dios la bendiga, si al final ese joven resulta heredero del dinero del viejo Krook!».