Que estuviera así ocupada fue, debo decirlo, un gran alivio para mí, pues Richard nos había dicho que se había lavado las manos en un plato de pastel y que habían encontrado el hervidor en su tocador, y le hizo gracia a Ada de tal manera, que me hicieron reír del modo más ridículo.
Poco después de las siete bajamos a cenar; con cuidado, por consejo de la señora Jellyby; pues las alfombras de la escalera, además de escasear mucho de varillas, estaban tan rotas que eran auténticas trampas.
Tuvimos un buen abadejo, un trozo de rosbif, un plato de chuletas y un pudín; una cena excelente, a haber tenido alguna cocción digna de mención, pero estaba casi cruda.
La joven con la venda de franela servía, y lo dejaba caer todo en la mesa donde fuera que viniera a parar, sin volver a moverlo jamás hasta que lo ponía en la escalera.
La persona que yo había visto con zuecos (a quien supongo que era la cocinera), venía con frecuencia a entablar escaramuzas con ella en la puerta, y parecía haber mala voluntad entre ambas.
Durante toda la cena—que fue larga, debido a ciertos percances como la pérdida de una fuente de patatas en el cubo del carbón y que el asa del sacacorchos se rompiera y golpeara a la muchacha en la barbilla—, la señora Jellyby conservó la ecuanimidad de su carácter. Nos contó muchas cosas interesantes sobre Borrioboola-Gha y los nativos, y recibió tantas cartas que Richard, que se sentaba a su lado, llegó a ver cuatro sobres en la salsa de carne al mismo tiempo. Algunas de las cartas eran actas de comités de señoras o resoluciones de reuniones femeninas, las cuales nos leyó; otras eran solicitudes de personas entusiasmadas de diversos modos con el cultivo del café y los nativos; otras requerían respuesta, y estas últimas mandaba a su hija mayor a escribirlas, apartándola de la mesa tres o cuatro veces. Estaba llena de ocupaciones y sin duda era, tal como nos había dicho, una devota de la causa.