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nydus/Bleak HousePublic
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XII. De guardia

sir Leicester muy afectuosos en el pescante trasero), parten rumbo a casa. Entre un considerable tintineo y chasquidos de látigo, y numerosas demostraciones de ímpetu por parte de dos caballos sin montura y dos centauros de sombreros abrillantados, botas altas y crines y colas ondeantes, salen a toda velocidad del patio del Hotel Bristol, en la Place Vendôme, y avanzan al trote corto entre la columnata ajedrezada de luces y sombras de la Rue de Rivoli y el jardín del desdichado palacio de un rey y una reina sin cabeza, rumbo a la Plaza de la Concordia, los Campos Elíseos y la Puerta de la Estrella, saliendo de París.

A decir verdad, no pueden marcharse demasiado pronto, pues aun aquí mi Lady Dedlock se ha aburrido soberanamente. Concierto, asamblea, ópera, teatro, paseo en coche, nada es nuevo para mi Lady bajo los cielos gastados. Tan solo el domingo pasado, cuando los pobres infelices se divertían —dentro de los muros, jugando con los niños entre los árboles recortados y las estatuas del Jardín del Palacio; paseando, en grupos de veinte a la par, por los Campos Elíseos, vueltos más elíseos por perros amaestrados y caballos de madera; entretanto filtrándose (unos pocos) en la sombriza Catedral de Nuestra Señora para decir una palabra o dos al pie de una columna, al resplandor de una pequeña parrilla mohosa llena de velitas titilantes; fuera de los muros que cercan París con bailes, amoríos, consumo de vino, tabaquería, visitas a tumbas, partidas de billar, naipes y dominó, curanderismo y gran cantidad de desperdicios homicidas, animados e inanimados—, tan solo el domingo pasado, mi Lady, en la desolación del Aburrimiento y en las garras del Gigante Desesperación, casi llegó a odiar a su propia doncella por estar de buen humor.

No puede, por lo tanto, alejarse demasiado aprisa de París. El cansancio del alma se extiende ante ella, tal como queda atrás —su Ariel ha ceñido con él la tierra entera, y no hay modo de desatarlo—, pero el remedio

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