—Y Mat sigue soplando su fagot, y ustedes son ciudadanos respetuosos de la ley, todos y cada uno —dice el señor George—. Gente de familia. Con hijos que van creciendo. La anciana madre de Mat en Escocia, y el anciano padre de usted en algún otro lugar, con quienes se cartea y a los que se ayuda un poco, y... ¡bueno, bueno! ¡A decir verdad, no sé por qué no habrían de desear que estuviera a cien millas de distancia, ya que no tengo mucho que ver con todo esto!
El señor George se va volviendo pensativo, sentado ante el fuego en la habitación encalada, que tiene el suelo de arena y olor a cuartel y no contiene nada superfluo y en la que no hay ni una mota visible de suciedad o polvo, desde los rostros de Quebec y Malta hasta las brillantes ollas y cazos de estaño en los estantes del aparador; el señor George se va volviendo pensativo, sentado aquí mientras la señora Bagnet está ocupada, cuando el señor Bagnet y el joven Woolwich llegan oportunamente a casa. El señor Bagnet es un exartillero, alto y erguido, con cejas despeinadas y patillas como las fibras de un coco, ni un solo pelo en la cabeza y una tez torrida. Su voz, breve, profunda y resonante, no se parece en nada a los tonos del instrumento al que está consagrado. De hecho, se puede observar por lo general en él un aire inflexible, inquebrantable, conopial, como si él mismo fuera el fagot de la orquesta humana. El joven Woolwich es el tipo y modelo de un joven tamborilero.
Padre e hijo saludan al soldado cordialmente. Diciendo este, a su debido tiempo, que ha venido a consultar con el señor Bagnet, el señor Bagnet declara hospitalariamente que no quiere oír hablar de negocios hasta después de cenar y que su amigo no compartirá sus consejos sin antes compartir cerdo cocido con verduras.
Cediendo el soldado a esta invitación, él y el señor Bagnet, para no estorbar los preparativos domésticos, salen a dar una vuelta por la pequeña calle, que recorren con paso medido y brazos cruzados, como si fuera un terraplén.