golpecitos en el pecho con un dedo índice grueso—. Tú me conoces y yo te conozco. Tú eres un hombre de mundo y yo soy un hombre de mundo. Me llamo Bucket, como ya sabes, y tengo una orden de detención contra Gridley. Lo has tenido escondido durante mucho tiempo, y has estado hábil en ello, lo cual te honra.
El señor George, mirándole fijamente, se mordió los labios y negó con la cabeza.
—Ahora, George —dijo el otro, manteniéndose muy cerca de él—, tú eres un hombre sensato y un hombre de bien; eso es lo que eres, sin lugar a dudas. Y ten presente que no te hablo como a un cualquiera, porque has servido a tu país y sabes que cuando el deber llama hay que obedecer. En consecuencia, estás muy lejos de querer causar problemas. Si yo necesitara ayuda, tú me ayudarías; eso es lo que harías. Phil Squod, no te andes deslizando por la galería de ese modo —el hombrezuelo sucio andaba arrastrando los pies con el hombro contra la pared y los ojos fijos en el intruso, de una manera que parecía amenazante—, porque te conozco y no lo voy a tolerar.
—¡Phil! —dijo el señor George.
—Sí, jefe.
“Callate la boca.”
El hombrecillo, con un ronco gruñido, se detuvo.
—Damas y caballeros —dijo el señor Bucket—, disculparán cualquier cosa que pueda parecer desagradable en esto, pues mi nombre es inspector Bucket, de la brigada de investigación, y tengo un deber que cumplir. George, sé dónde está mi hombre porque anoche estuve en el tejado y lo vi a través de la claraboya, y a usted junto con él. Está ahí dentro, ya sabe —señalando—; ahí