regalárselo a su suegra, cuya profunda devoción hacia él era bien conocida, iban a organizar de todo, realmente creo, desde quinientos mil panfletos hasta una renta vitalicia y desde un monumento de mármol hasta una tetera de plata.
Tomaron una multitud de títulos. Eran las Mujeres de Inglaterra, las Hijas de Gran Bretaña, las Hermanas de todas las virtudes cardinales por separado, las Hembras de América, las Damas de cien denominaciones. Parecían estar siempre alborotadas con campañas y elecciones. A nuestro corto entender, y según sus propias cuentas, parecía que se pasaban la vida votando a la gente por decenas de miles, sin lograr jamás que sus candidatos salieran elegidos para nada. Nos dolía la cabeza de pensar, en suma, en la vida tan febril que debían de llevar.
Entre las damas que más se distinguían por esa benevolencia rapaz (si se me permite la expresión) se contaba una tal señora Pardiggle, la cual, a juzgar por la cantidad de cartas dirigidas al señor Jarndyce, parecía ser una corresponsal casi tan poderosa como la propia señora Jellyby.
Notábamos que el viento siempre cambiaba de dirección cuando la señora Pardiggle se convertía en tema de conversación y que invariablemente interrumpía al señor Jarndyce, impidiéndole continuar, en el momento en que iba a señalar que existían dos clases de personas caritativas:
- unas, las que hacían poco y armaban mucho alboroto;
- otras, las que hacían mucho y no armaban ningún alboroto.
Sentíamos, por lo tanto, curiosidad por ver a la señora Pardiggle, sospechando que pertenecía al primer grupo, y nos alegramos cuando vino a visitarnos un día acompañada de sus cinco jóvenes hijos.
Era una señora de aspecto imponente, con gafas, una nariz prominente y voz fuerte, que producía la impresión de necesitar muchísimo espacio.