clase de conmoción pública le resulta provechosa al Sol y hace que la corte necesite consuelo. La casa no ha despachado tanto en el artículo estomacal de los clavos de olor o del brandy con agua caliente desde la investigación judicial. En cuanto el pinche oyó lo que había pasado, se remangó las camisas bien ajustadas a los hombros y dijo: «¡Esto va a ser una avalancha para nosotros!». En el alboroto inicial, el joven Piper salió disparado en busca de los bomberos y regresó triunfante a un galope tambaleante, montado allá en lo alto del Phoenix y agarrándose a esa fabulosa criatura con todas sus fuerzas en medio de cascos y antorchas. Un casco se queda atrás tras una minuciosa inspección de todas las rendijas y recovecos y patrulla lentamente arriba y abajo frente a la casa en compañía de uno de los dos agentes de policía que también se han quedado a cargo de ella. A este trío, todo el que en la corte posea seis peniques tiene un deseo insaciable de mostrarle hospitalidad en forma líquida.
El señor Weevle y su amigo el señor Guppy están dentro del reservado del Sol y valen para el Sol todo lo que el reservado contiene con tal de que se queden ahí.
«Este no es momento —dice el señor Bogsby— de regatear el dinero», aunque echa una mirada bastante astuta tras él, por encima del mostrador; «hagan sus pedidos, caballeros, y tienen invitado todo lo que nombren».
Así apremiados, los dos caballeros (el señor Weevle en especial) bautizaron tantas cosas que con el tiempo les resulta difícil bautizar nada con absoluta claridad, aunque todavía relatan a todos los recién llegados