Salimos del porche y me enseñó escrito encima, Casa Desolada.
Me condujo a un asiento entre las hojas muy cerca de allí, y sentándose a mi lado y tomando mi mano entre las suyas, me habló de este modo:
“Querida niña mía, en lo que ha habido entre nosotros, he estado, espero, verdaderamente atento a tu felicidad. Cuando te escribí la carta a la que trajiste respuesta —sonriendo al hacer referencia a ella—, tuve demasiado presente la mía propia; pero también tuve presente la tuya. Si, bajo diferentes circunstancias, alguna vez habría renovado el viejo sueño que a veces soñaba cuando tú eras muy joven, de hacerte mi esposa algún día, no necesito preguntármelo. Lo renové, y escribí mi carta, y tú trajiste tu respuesta. ¿Estás siguiendo lo que digo, hija mía?”
Tenía frío y temblaba violentamente, pero ni una sola palabra de las que pronunció